viernes, 24 de agosto de 2012

El “bug” fundamental del sistema

Hay al menos dos argumentos sólidos que abogan por el crecimiento económico. Uno es que la población crece, así que si queremos mantener el mismo nivel de riqueza material por persona, la economía debería crecer al menos al mismo ritmo que la población. Aquí entramos en un terreno complicado: igual que la economía, la población tampoco puede crecer indefinidamente en un sistema finito como es nuestro planeta. Pero de momento dejemos de lado esta cuestión.
El otro es que hay muchísimas personas que viven en condiciones de pobreza material extrema y desean salir de ella. Si estas personas han de mejorar su situación económica sin que los demás tengamos que empobrecernos, la economía tiene que crecer.
Sin embargo, me temo que estos dos argumentos tienen muy poco que ver con la vuelta a la senda del crecimiento en la que tanto empeño parecen poner los líderes de nuestras instituciones políticas y económicas. Y es que nuestra senda del crecimiento funciona de otra manera. Veámoslo.
En las sociedades con economías desarrolladas la población crece relativamente poco, en el entorno del 1% desde hace ya algunas décadas. Así que el argumento demográfico nos debería conducir a conformarnos con un crecimiento económico en el entorno del 1%. Sin embargo, en los foros económicos actuales es más fácil que te acepten pulpo como animal de compañía que crecimiento del 1% como senda de crecimiento.
Y en relación con el segundo argumento citaré un par de ejemplos:
a)      Según un estudio firmado por A. Feller y C. Stone en 2009 y publicado por el Center on Budget and Policy Priorities, durante los años 2002-07 (los años de la senda del crecimiento) el incremento medio de ingresos para el 1% de los hogares más ricos de Estados Unidos fue de 521.000 dólares o, en términos relativos, un 68% (10% anual). En cambio, en el 90% de los hogares más pobres (o menos ricos) el incremento de ingresos por hogar fue de 1.200 dólares, un 4% en términos relativos (0,8% anual).
b)      La economía española creció un claramente insuficiente 0,7% en 2011. Esto supone un incremento en volumen de 10.500 millones de dólares, o 228 dólares por cabeza. La economía de Tanzania, un país que en 2011 tenía la misma población que España (46,2 millones de habitantes) creció un flamante 6,3%, que en volumen supone 1.500 millones de dólares, es decir 32 dólares por habitante. Siete veces menos que la economía española. Ya no parece tan flamante ¿no?.
Así que todo apunta a que cuando nuestras economías crecen, no lo hacen a favor de los que menos tienen. Alguien podría argumentar que posiblemente los que menos tienen también se esfuerzan menos. Alguien que no haya visto mucho mundo, claro. A mí me parece, más bien, que las oportunidades de crecimiento, cuando las hay, son mucho más accesibles para los que estamos mejor situados en la escala de riqueza material.
Entonces, si no es para acompañar al crecimiento demográfico o para proporcionar oportunidades de mejora material a quienes más lo necesitan, ¿por qué nuestras economías deberían crecer?. Hay una razón aparente: nuestras sociedades, tal como son hoy, sólo funcionan si la economía crece. Así de simple. Ya lo comenté en un artículo anterior: la economía española está produciendo más bienes y servicios por persona en estos años de crisis, recortes y paro galopante que en 2004 y otros años recientes de bonanza económica.
¿Hay alguna explicación para esto? Hay una descripción de cómo funciona el crecimiento económico que puede arrojar luz sobre el asunto. Resulta que vivimos en sociedades con economías competitivas: las empresas compiten entre sí para ofrecer en el mercado los mejores productos o los más baratos. Esto lleva a intentar mantener los costes de producción tan bajos como sea posible lo cual implica, entre otras cosas, tratar de utilizar los factores de producción de la manera más eficiente posible. Uno de esos factores de producción, que en las sociedades avanzadas es de los más caros en términos comparativos, somos nosotros mismos: la mano de obra.
La carrera por la eficiencia pone en marcha el ingenio humano y aparecen avances tecnológicos y mejoras en la organización, además de inversiones en capital productivo e incluso inversiones colectivas en infraestructuras diversas. Es el progreso. Y uno de sus resultados más evidentes es el incremento de la productividad del trabajo: cada vez somos capaces de producir más por cada hora que trabajamos. Pensemos en la maquinaria agrícola, la organización industrial, las autopistas, los ordenadores, el código de barras, los robots industriales, la fibra óptica, etc., etc. Es el progreso.
Pero detengámonos un momento. Si una empresa puede producir lo mismo con menos horas de trabajo, podrá despedir a parte de su plantilla, ¿no?. Claro que podrá, pero también podrá vender su producto más barato porque ha reducido el coste de mano de obra en su proceso de producción. Y a menor precio, habrá más demanda. La empresa puede optar por no despedir a esos trabajadores y en su lugar invertir en más capital (maquinaria, ordenadores, lo que se tercie en función de su actividad) y así incrementar su capacidad de producción para cubrir esa nueva demanda. O tal vez no, pero entonces, habiendo nueva demanda del producto, algún otro emprendedor podrá crear otra empresa que lo produzca y además podrá contar con esos trabajadores que perdieron su puesto en la primera empresa. Ok, todo en orden: es el progreso.
Y el proceso se retroalimenta: gracias a que la tecnología libera recursos humanos puede haber más personas dedicadas a inventar nueva tecnología. Y también nuevos productos o nuevas formas de venderlos, lo que alimenta más aún la demanda. Y así la economía se va haciendo cada vez más sofisticada y los nuevos empleos disponibles exigen cada vez más especialización y capacitación técnica. Es el progreso.
En definitiva: cada vez somos capaces de producir más con el mismo trabajo. Así que o bien producimos más, o bien trabajamos menos. La opción de trabajar menos no acaba de funcionar bien. Cuando es una decisión voluntaria y uno es joven, sobre todo si vive en casa de sus padres, suele estar mal visto. Ya en general, la misma competitividad de la economía hace muy difícil elegir a título individual la opción de trabajar menos. También contribuye esa cultura consumista que se nos ha colado con el progreso, con todos esos recursos disponibles para inventar nuevos productos y nuevas formas de venderlos. A título colectivo tampoco es fácil implementar esa opción. Entre otras cosas, tal vez, porque también las sociedades compiten entre sí. Si hemos de competir con China, ¿podemos plantearnos la machada de los franceses y ponernos de acuerdo para trabajar 35 horas?
Si trabajar menos no es una opción sólo nos queda producir más. En dos palabras: crecimiento económico. Y es así que nuestras economías necesitan crecer. No sólo para acomodarse al crecimiento demográfico. No sólo para mantener la esperanza de mejora material de los que menos tienen. También y fundamentalmente para absorber el aumento de la productividad del trabajo.
Supongamos que por cualquier circunstancia la economía deja de crecer, pero la tendencia hacia la mayor productividad se mantiene. Entonces la opción de trabajar menos se impondrá por su propio peso: se destruirá empleo. El resultado previsible es una rápida exacerbación de las diferencias sociales: legiones de parados conviven con los afortunados que conservan sus empleos, cada vez más productivos y sofisticados, y con ellos los estilos de vida propios del progreso. Parece un caldo de cultivo para el conflicto. De ahí que el “establishment” político y económico ponga tanto celo en mantener o, en su caso, retomar la senda del crecimiento.  
Esta dependencia del crecimiento económico, que impide a nuestras sociedades funcionar bien si la economía no crece a buen ritmo, es lo que mi amigo Fabio, que es informático, llama “el bug fundamental del sistema” y Thomas Homer-Dixon, en el interesante The Upside of Down, “the growth imperative”.

Fuentes:
Feller, A. y C. Stone, 2009: Top 1 Percent of Americans Reaped Two-Thirds of Income Gains in Last Economic Expansion, está disponible en:
Los datos de crecimiento, PIB y población de España y Tanzania se han tomado de la base de datos on line del World Bank, http://www.worldbank.org/

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