viernes, 24 de agosto de 2012

El “bug” fundamental del sistema

Hay al menos dos argumentos sólidos que abogan por el crecimiento económico. Uno es que la población crece, así que si queremos mantener el mismo nivel de riqueza material por persona, la economía debería crecer al menos al mismo ritmo que la población. Aquí entramos en un terreno complicado: igual que la economía, la población tampoco puede crecer indefinidamente en un sistema finito como es nuestro planeta. Pero de momento dejemos de lado esta cuestión.
El otro es que hay muchísimas personas que viven en condiciones de pobreza material extrema y desean salir de ella. Si estas personas han de mejorar su situación económica sin que los demás tengamos que empobrecernos, la economía tiene que crecer.
Sin embargo, me temo que estos dos argumentos tienen muy poco que ver con la vuelta a la senda del crecimiento en la que tanto empeño parecen poner los líderes de nuestras instituciones políticas y económicas. Y es que nuestra senda del crecimiento funciona de otra manera. Veámoslo.
En las sociedades con economías desarrolladas la población crece relativamente poco, en el entorno del 1% desde hace ya algunas décadas. Así que el argumento demográfico nos debería conducir a conformarnos con un crecimiento económico en el entorno del 1%. Sin embargo, en los foros económicos actuales es más fácil que te acepten pulpo como animal de compañía que crecimiento del 1% como senda de crecimiento.
Y en relación con el segundo argumento citaré un par de ejemplos:
a)      Según un estudio firmado por A. Feller y C. Stone en 2009 y publicado por el Center on Budget and Policy Priorities, durante los años 2002-07 (los años de la senda del crecimiento) el incremento medio de ingresos para el 1% de los hogares más ricos de Estados Unidos fue de 521.000 dólares o, en términos relativos, un 68% (10% anual). En cambio, en el 90% de los hogares más pobres (o menos ricos) el incremento de ingresos por hogar fue de 1.200 dólares, un 4% en términos relativos (0,8% anual).
b)      La economía española creció un claramente insuficiente 0,7% en 2011. Esto supone un incremento en volumen de 10.500 millones de dólares, o 228 dólares por cabeza. La economía de Tanzania, un país que en 2011 tenía la misma población que España (46,2 millones de habitantes) creció un flamante 6,3%, que en volumen supone 1.500 millones de dólares, es decir 32 dólares por habitante. Siete veces menos que la economía española. Ya no parece tan flamante ¿no?.
Así que todo apunta a que cuando nuestras economías crecen, no lo hacen a favor de los que menos tienen. Alguien podría argumentar que posiblemente los que menos tienen también se esfuerzan menos. Alguien que no haya visto mucho mundo, claro. A mí me parece, más bien, que las oportunidades de crecimiento, cuando las hay, son mucho más accesibles para los que estamos mejor situados en la escala de riqueza material.
Entonces, si no es para acompañar al crecimiento demográfico o para proporcionar oportunidades de mejora material a quienes más lo necesitan, ¿por qué nuestras economías deberían crecer?. Hay una razón aparente: nuestras sociedades, tal como son hoy, sólo funcionan si la economía crece. Así de simple. Ya lo comenté en un artículo anterior: la economía española está produciendo más bienes y servicios por persona en estos años de crisis, recortes y paro galopante que en 2004 y otros años recientes de bonanza económica.
¿Hay alguna explicación para esto? Hay una descripción de cómo funciona el crecimiento económico que puede arrojar luz sobre el asunto. Resulta que vivimos en sociedades con economías competitivas: las empresas compiten entre sí para ofrecer en el mercado los mejores productos o los más baratos. Esto lleva a intentar mantener los costes de producción tan bajos como sea posible lo cual implica, entre otras cosas, tratar de utilizar los factores de producción de la manera más eficiente posible. Uno de esos factores de producción, que en las sociedades avanzadas es de los más caros en términos comparativos, somos nosotros mismos: la mano de obra.
La carrera por la eficiencia pone en marcha el ingenio humano y aparecen avances tecnológicos y mejoras en la organización, además de inversiones en capital productivo e incluso inversiones colectivas en infraestructuras diversas. Es el progreso. Y uno de sus resultados más evidentes es el incremento de la productividad del trabajo: cada vez somos capaces de producir más por cada hora que trabajamos. Pensemos en la maquinaria agrícola, la organización industrial, las autopistas, los ordenadores, el código de barras, los robots industriales, la fibra óptica, etc., etc. Es el progreso.
Pero detengámonos un momento. Si una empresa puede producir lo mismo con menos horas de trabajo, podrá despedir a parte de su plantilla, ¿no?. Claro que podrá, pero también podrá vender su producto más barato porque ha reducido el coste de mano de obra en su proceso de producción. Y a menor precio, habrá más demanda. La empresa puede optar por no despedir a esos trabajadores y en su lugar invertir en más capital (maquinaria, ordenadores, lo que se tercie en función de su actividad) y así incrementar su capacidad de producción para cubrir esa nueva demanda. O tal vez no, pero entonces, habiendo nueva demanda del producto, algún otro emprendedor podrá crear otra empresa que lo produzca y además podrá contar con esos trabajadores que perdieron su puesto en la primera empresa. Ok, todo en orden: es el progreso.
Y el proceso se retroalimenta: gracias a que la tecnología libera recursos humanos puede haber más personas dedicadas a inventar nueva tecnología. Y también nuevos productos o nuevas formas de venderlos, lo que alimenta más aún la demanda. Y así la economía se va haciendo cada vez más sofisticada y los nuevos empleos disponibles exigen cada vez más especialización y capacitación técnica. Es el progreso.
En definitiva: cada vez somos capaces de producir más con el mismo trabajo. Así que o bien producimos más, o bien trabajamos menos. La opción de trabajar menos no acaba de funcionar bien. Cuando es una decisión voluntaria y uno es joven, sobre todo si vive en casa de sus padres, suele estar mal visto. Ya en general, la misma competitividad de la economía hace muy difícil elegir a título individual la opción de trabajar menos. También contribuye esa cultura consumista que se nos ha colado con el progreso, con todos esos recursos disponibles para inventar nuevos productos y nuevas formas de venderlos. A título colectivo tampoco es fácil implementar esa opción. Entre otras cosas, tal vez, porque también las sociedades compiten entre sí. Si hemos de competir con China, ¿podemos plantearnos la machada de los franceses y ponernos de acuerdo para trabajar 35 horas?
Si trabajar menos no es una opción sólo nos queda producir más. En dos palabras: crecimiento económico. Y es así que nuestras economías necesitan crecer. No sólo para acomodarse al crecimiento demográfico. No sólo para mantener la esperanza de mejora material de los que menos tienen. También y fundamentalmente para absorber el aumento de la productividad del trabajo.
Supongamos que por cualquier circunstancia la economía deja de crecer, pero la tendencia hacia la mayor productividad se mantiene. Entonces la opción de trabajar menos se impondrá por su propio peso: se destruirá empleo. El resultado previsible es una rápida exacerbación de las diferencias sociales: legiones de parados conviven con los afortunados que conservan sus empleos, cada vez más productivos y sofisticados, y con ellos los estilos de vida propios del progreso. Parece un caldo de cultivo para el conflicto. De ahí que el “establishment” político y económico ponga tanto celo en mantener o, en su caso, retomar la senda del crecimiento.  
Esta dependencia del crecimiento económico, que impide a nuestras sociedades funcionar bien si la economía no crece a buen ritmo, es lo que mi amigo Fabio, que es informático, llama “el bug fundamental del sistema” y Thomas Homer-Dixon, en el interesante The Upside of Down, “the growth imperative”.

Fuentes:
Feller, A. y C. Stone, 2009: Top 1 Percent of Americans Reaped Two-Thirds of Income Gains in Last Economic Expansion, está disponible en:
Los datos de crecimiento, PIB y población de España y Tanzania se han tomado de la base de datos on line del World Bank, http://www.worldbank.org/

domingo, 15 de julio de 2012

La escasez de combustibles fósiles en dos imágenes y bastante menos de mil palabras

No hay duda: hay todavía cantidades enormes de petróleo y gas natural en el subsuelo de este planeta. Las estimaciones pesimistas indican que queda al menos tanto petróleo como el que hemos consumido hasta la fecha. Sin embargo, el hecho de que existan cantidades enormes no implica necesariamente que podamos considerarlos abundantes. La escasez o la abundancia son relativas y lo que cuenta en este caso no son tanto las cantidades que existen como el ritmo al que podemos extraerlas, y siempre en relación con el ritmo al que necesitamos o queremos utilizar esas materias primas.
El ritmo al que estamos acostumbrados a utilizar el petróleo y el gas natural también es enorme. Actualmente consumimos globalmente más de 80 millones de barriles diarios de petróleo y otros combustibles líquidos asimilables (biocombustibles, por ejemplo). Es dudoso que podamos arreglarnos con mucho menos para mantener nuestro estilo de vida, con una población creciente y que aspira cada vez más decididamente a ese estilo de vida. El estilo de vida al que me refiero no consiste necesariamente en comprar un smartphone de última generación cada año o en viajar a un destino exótico cada vez que se tienen vacaciones. El núcleo duro de ese estilo de vida lo forman cosas como producir y transportar a nuestras ciudades alimentos en cantidad suficiente, calentar nuestros hogares en invierno o poder desplazarnos fácilmente a puestos de trabajo que pueden distar varias decenas de kilómetros de nuestros domicilios.
Las dos imágenes siguientes me parecen ilustrativas de hasta qué punto necesitamos el petróleo y el gas natural y hasta dónde hemos sido capaces de llegar explorando y explotando las entrañas de nuestro planeta para conseguirlos. Las tomo del artículo The Discrete Charm of Living at the Peak, publicado el 30 de abril pasado en el muy recomendable blog LifeItself, de Tadeus Padtzek.
Esta es la primera imagen:
En 1901, en algún lugar de Texas, el capitán Anthony F. Lucas perforó un pozo de 347 metros y por azar creó el surtidor de petróleo que se muestra en la foto, que alcanzaba 50 m de altura y rendía 100.000 barriles diarios. Al parecer el hallazgo supuso el inicio de la industria petrolera tejana. Con el precedente del capitán Lucas otros muchos, como Jett Rink en la película Gigante, encontrarían sus propios surtidores.
Esta es la segunda imagen:
A la izquierda se muestra la plataforma marítima de gas natural Troll A que opera en el Mar del Norte frente a las costas de Noruega y que es la estructura más alta jamás construida en un emplazamiento distinto al de su instalación definitiva. Con sus 472 m de altura y casi 700.000 toneladas de hormigón armado se la considera uno de los proyectos de ingeniería más grandes y complejos de la historia. Fue construida entre 1991 y 1995 y ampliada en 2010 para, entre otras cosas, incorporar compresores, necesarios para compensar la pérdida de presión del yacimiento, consecuencia de su explotación.
Como referencia del tamaño de la plataforma, a la derecha de la imagen aparecen a la misma escala las torres Petronas de Kuala Lumpur, Malasia, que entre 1998 y 2003 fueron los edificios más altos del mundo.
La presencia de las torres Petronas en esta imagen adquiere un significado especial en la actualidad: en 2011 el consumo de petróleo de Malasia superó la producción por primera vez en 35 años y Malasia dejó de ser un país exportador. De hecho, las torres se construyeron entre 1988 y 1998, los años en los que aquel país vivió su “boom” exportador de petróleo. Por entonces la diferencia entre producción y consumo superaba claramente los 300.000 barriles diarios. Para ilustrar esto me tomo la licencia de traicionar el título del artículo y mostrar también un gráfico que se explica por sí mismo.


Fuentes:
El artículo The Discrete Charm of Living at the Peak, del que se han obtenido las imágenes, está aquí:
Para la foto del pozo de petróleo del capitán Lucas, el artículo cita esta fuente:
Los datos empleados para elaborar el gráfico provienen de BP Statistical Review of World Energy 2012, concretamente del archivo de datos históricos disponible aquí:


miércoles, 11 de julio de 2012

"Fraude": una visión neoliberal

A estas alturas se han hecho ya varios documentales sobre la crisis, sus causas y sus posibles soluciones. Recientemente ha aparecido en internet uno de factura española: Fraude. Por qué la gran recesión, escrito y dirigido por JJ.Mercado. El documental nos presenta un punto de vista que se puede calificar como neoliberal y, para ponerlo en relación con mi artículo anterior, antikeynesiano.
El planteamiento se muestra a las claras desde el principio: a) el mercado libre no existe, ya que todos los mercados están intervenidos por los gobiernos, b) si el mercado libre no existe, no puede ser la causa de la crisis, y c) la causa de la crisis, entonces, hay que buscarla en el lado contrario: la intervención de los gobiernos.  
Con todo, el enfoque es también monetarista. Y para que no haya dudas el documental se abre con una conocida e impactante declaración de Alan Greenspan cuando era presidente de la Reserva Federal. Después, la historia que se cuenta sobre la crisis actual viene a ser la ya conocida, con la burbuja inmobiliaria y los excesos especulativos de un sistema financiero desbocado como protagonistas. Con una diferencia: en este caso la causa de esta fiebre especulativa se atribuye, en última instancia, a la perniciosa intervención de los gobiernos. ¿Cómo?: mediante la manipulación de la oferta monetaria a través de sus bancos centrales.
Así que tenemos, de nuevo, los consabidos ciclos de expansión del crédito y de la economía, con años de “abundancia y bienestar”, seguidos de fases de contracción,  crisis crediticia y desempleo. Pero en este caso, la fase expansiva se considera inducida por unos tipos de interés artificialmente bajos, impuestos por los bancos centrales, y por un exceso de capacidad de maniobra de los bancos, gracias a los privilegios otorgados por los gobiernos. Ambas cosas juntas producen la desconexión entre ahorro e inversión con efectos perniciosos sobre la economía. Y si la causa de la crisis es una oferta monetaria hinchada artificialmente, es difícil que más oferta monetaria pueda ser la solución para terminar con la fase de recesión.
Entonces, ¿cuál es la solución? Según explica Jesús Huerta de Soto, uno de los principales intervinientes del documental, la solución consiste en la eliminación de los bancos centrales, de manera que los tipos de interés los determine la ley de la oferta y la demanda, y una fuerte regulación del sistema financiero (vuelta al patrón oro, coeficiente de caja del 100% para los depósitos a la vista). Una economía así, postula el documental, no debería verse en marasmos como el que estamos viviendo desde hace algunos años en Estados Unidos y Europa. Lo cual, dicho sea de paso, no cuadra demasiado bien con el hecho de que los ciclos económicos, como se menciona al comienzo del documental, han existido desde tiempos remotos.
Significativamente, en esta ocasión sí se cita el encarecimiento del petróleo y otras materias primas, pero no como parte de la causa sino como uno de los efectos. Las materias primas se habrían encarecido por un exceso de demanda debido a la burbuja especulativa y por la falta de inversión en el sector, debida a que la inversión se ha orientado artificialmente al sector inmobiliario. En ningún caso porque la explotación continuada de un recurso no renovable pueda llegar a hacerlo escasear, circunstancia que ya se me antoja casi imposible de concebir en la mente de un economista. El argumento de la falta de inversión no deja de ser extraño: en un contexto de crédito sobreabundante y con un recurso que se encarece, los agentes económicos ¿se inhiben de invertir?. 
Al final no puedo evitar quedarme con la sensación de que estamos ante la misma historia de siempre. Una historia donde la economía monetaria lo es todo y la base material de la economía es irrelevante. Una historia que señala, y seguro que acertadamente, la perniciosa connivencia del poder político con el poder financiero, pero que unos usan para denunciar el capitalismo voraz y otros (estos) para denunciar el exceso de estado. Una historia según la cual actuando sobre los parámetros adecuados del sistema financiero lograremos recuperar la prosperidad, sea cual sea el tamaño de nuestro planeta. 
En el caso del documental que comento, además, la historia se presenta lamentablemente deslucida por unas cuantas pinceladas de tono sectario que me parece a mí que no invitan ni al debate ni a la reflexión y que más bien le restan credibilidad al conjunto: nuestras sociedades son una “versión tecnológicamente avanzada de la Unión Soviética”, Keynes es quien sembró “la semilla del mal” y Paul Krugman es un excéntrico que aboga por una amenaza extraterrestre como solución a la crisis. Y ya, como anécdota, Jesús Huerta de Soto no para de mecerse en su mecedora mientras nos habla, creando una atmósfera extraña y de alguna manera inquietante.
En estas, yo cada vez me siento más cerca del escepticismo que John Kenneth Galbraith muestra en una obra que también lleva la palabra fraude en su título: The Economics of Innocent Fraud. Escrito al final de una dilatada carrera como economista, con una prosa un tanto alambicada pero sin demasiados aspavientos, este pequeño libro presenta una visión muy crítica con las corrientes imperantes en el pensamiento económico y en la práctica de la política económica. El capítulo IX, dedicado a la Reserva Federal y su capacidad para influir en el ciclo económico, se titula significativamente The elegant escape from reality. Traduzco a continuación el párrafo con que concluye:
A pesar de todo, se considera bueno disponer de una institución libre de controversia y políticamente neutral encabezada, como en todo tiempo reciente, por una figura desinformada, segura de sí misma, respetada y de no escaso talento teatral. Qué gratas decisiones tomadas en un ambiente reputado, bajo los retratos de las celebridades financieras del pasado. Así es como la política económica se debe decidir. El hecho de que nada importante resulte se pasa por alto. La creencia de que algo tan complejo, tan diverso y por su naturaleza tan importante para las personas como el dinero puede ser dirigido por largamente debatidas pero indoloras decisiones que emanan de un agradable y discreto edificio en la capital de la nación pertenece no al mundo real sino al de la esperanza y la imaginación. Esta es nuestra menos plausible y más apreciada evasión de la realidad. Nadie debe negar a los participantes su prestigio inocentemente adquirido, su sentido de la competencia profesional, su en buena medida inocente regocijo con lo que en términos de efecto económico es un claro fraude. Tal vez debamos dejar que su infructuoso papel sea aceptado y olvidado.
Fuentes:
Fraude. Por qué la gran recesión puede verse en http://vimeo.com/44055437
Para John Kenneth Galbraith, The Economics of Innocent Fraud manejo la edición de Houghton Mifflin Company, 2004.

sábado, 23 de junio de 2012

Paul Krugman, el Coyote y la solución keynesiana

Todos lo hemos visto alguna vez en los dibujos animados del Correcaminos: después de sobrepasar el borde del precipicio, el Coyote puede seguir corriendo en el vacío durante cierto tiempo. Pero eso sí, en algún momento el desdichado Coyote mira hacia abajo y se percata de que no tiene pie. Entonces, y sólo entonces, actúa la ley de la gravitación del universo animado: el Coyote mira a cámara con gesto de angustia o de resignación y se precipita.
Parece ser que con la economía pueden suceder cosas similares. En la década de 1970, el economista Hyman Minsky describió un proceso de evolución del endeudamiento de una economía que tiene muchas resonancias con lo que ha venido sucediendo en las últimas décadas. Es más o menos así. Cuando la economía va bien (y esto, en el mundo actual, significa que crece), pedir un préstamo suele ser un buen negocio: si nuestra situación económica mejora, la deuda se hace comparativamente más pequeña y fácil de pagar. En esas condiciones, conceder préstamos también es un buen negocio, ya que el riesgo de impagos es muy bajo. Con el tiempo, esta percepción de seguridad lleva a relajar los criterios para conceder préstamos (aquí entrarían las desregulaciones del sistema financiero de los 1980s y 1990s) y entonces las empresas y los particulares se animan a pedir aún más crédito. Se desencadena así un proceso de apalancamiento creciente: la deuda comienza a ser muy grande en relación con los activos reales. Este proceso continúa hasta que alguien decide mirar hacia abajo y se percata de que las cosas han ido demasiado lejos. De repente, tanto los prestamistas como los prestatarios vuelven a percibir el riesgo de la deuda. Así que unos dejan de prestar y otros, si pueden, se apresuran a amortizar sus deudas, o lo que es lo mismo, a gastar menos. Como consecuencia de la contracción simultánea de gasto y crédito la economía se enfría y deja de crecer, es decir, empieza a ir mal. Con una economía que va mal, la percepción de riesgo se acrecienta y el proceso se retroalimenta. En definitiva: se entra en una espiral y todo se precipita.
A ese momento en el que se pierde la confianza y comienza a cundir el pánico algunos economistas lo han llamado “momento de Minsky”, por Hyman Minsky, o “momento Coyote”, por el conocido personaje animado.
Se acaba de producir un momento Coyote
Aprendo estas cosas en un reciente libro que lleva ya cuatro ediciones y que he leído con gran interés: ¡Acabad ya con esta crisis!, de Paul Krugman. Según la tesis del libro, lo que estamos viviendo es una crisis de demanda consecuencia del gran momento Coyote desencadenado por la crisis financiera de 2008. Y, también según la tesis del libro, la solución consiste en un programa radical de estímulo protagonizado por el gasto de los gobiernos.
Se trata claramente de un enfoque keynesiano. Las depresiones económicas, y esta no sería una excepción, son crisis de demanda y la solución consiste en romper el círculo vicioso de desconfianza ® recesión ® más desconfianza. Y los agentes que pueden romper ese círculo son los gobiernos, a base de financiar con deuda pública programas de inversión que generen empleo y despierten la demanda.  Es también un enfoque optimista: la crisis se puede combatir con eficacia desde ya, sin más que aplicar las políticas adecuadas. En este sentido, es un enfoque que sintoniza con los planteamientos anti-austeridad que suelen promoverse desde la izquierda y puede que también con la visión indignada de la crisis (“no es una crisis, es una estafa”): el movimiento Occupy Wall Street se menciona varias veces a lo largo del libro.
Paul Krugman es premio Nobel de economía, así que seguramente sabe de lo que se habla (desde luego mucho mejor que yo, que ni siquiera soy economista). Es cierto que no hay nada parecido a un consenso entre los economistas y seguramente habrá premios Nobel que defiendan planteamientos completamente opuestos, pero aún así me parece que el libro aporta ideas y argumentos muy interesantes que pueden ayudar a entender mejor el embrollo en el que nos encontramos y las posibilidades de salir de él.
Sin embargo, hay algo que no me acaba de cuadrar y que me deja una impresión que va siendo habitual en mis tímidas incursiones en la selva de la ciencia económica: la economía de los economistas se me hace extrañamente cerrada sobre sí misma, un sistema que, como el universo de los dibujos animados, parece regirse por unas leyes propias e independientes de las del mundo material que lo sustenta. Intentaré ilustrar esto con dos citas del libro:
[...] no hay necesidad de que todo esto esté pasando. No ha habido una plaga de langostas; no hemos perdido nuestra pericia tecnológica; Estados Unidos y Europa deberían ser más ricos, y no más pobres, que hace cinco años. (p. 29)
Una vez que los niveles de deuda son suficientemente elevados, cualquier cosa puede activar el momento de Minsky, ya sea una recesión normal y corriente, el estallido de una burbuja inmobiliaria, etc. La causa inmediata tiene poca importancia [...].  (p. 58)
Así pues, el estado normal de la economía, salvo catástrofes, es el crecimiento. Y esto es así incluso para las economías comparativamente superdesarrolladas como las de Europa y Estados Unidos. Determinadas alteraciones pueden desviarnos temporalmente de la senda del crecimiento, pero su naturaleza, sea económica o no, es poco relevante. Lo relevante es que actuando de forma conveniente sobre determinados parámetros puramente económicos se podrá restaurar la situación normal de crecimiento.
No, no ha habido una plaga de langostas, pero sí que ha pasado algo que a mí me parece bastante serio: la capacidad para incrementar la producción de petróleo barato se agotó en 2005. Parece que la economía pudo seguir corriendo durante 3 años sin el sustento de un crecimiento paralelo de la producción de petróleo, pero tarde o temprano tenía que llegar el momento Coyote. Ahora el petróleo es caro y escaso (en términos comparativos), ya sabemos que, en economía, carestía y escasez van de la mano. Si la escasez de energía barata es un obstáculo real al crecimiento, ¿funcionarán las medidas de estímulo que propone Krugman?.
Hay otra cuestión, esta más económica, que también echo en falta en el libro de Krugman: ¿funcionarán esas medidas precisamente para Estados Unidos y Europa?. En la época de Keynes, las economías de Estados Unidos y de Europa eran, prácticamente, todo lo que contaba. Si en los años 1950 lograbas animar la demanda en Estados Unidos, florecían negocios en Estados Unidos para satisfacer esa demanda. El contexto actual es, me temo, muy distinto. Hoy en día, si logras animar la demanda en, por ejemplo, España, es muy probable que buena parte de esa demanda se satisfaga a base de comprar productos chinos, propiciando el florecimiento de negocios en China. Para bien o para mal, vivimos en un mundo globalizado en el que tenemos el privilegio de ser considerablemente más ricos que otros que son capaces de producir muchas cosas tan bien o mejor que nosotros.
Krugman plantea una analogía al comienzo del libro. El padre de familia, supuestamente a cargo del mantenimiento del coche familiar, ha descuidado esta responsabilidad y, como resultado, la batería ha dejado de funcionar. Ahora el padre trata de convencer a la familia de que deben resignarse a no utilizar el coche, si bien bastaría con sustituir la batería para tenerlo de nuevo en perfecto estado de uso. Tal como yo lo veo, seguramente habrá que comprar una batería nueva (probablemente de fabricación china), pero es que además la gasolina está por las nubes, así que de un modo u otro, la familia va a tener que acostumbrarse a usar menos el coche, o a usarlo de otra forma, controlando más su consumo.
 
Fuentes:
Paul Krugman, ¡Acabad ya con esta crisis!, traducción castellana de Cecilia Belza y Gonzalo García. Ed. CRÍTICA, Barcelona, 2012.

sábado, 2 de junio de 2012

El encarecimiento del petróleo: un Bankia cada año

La operación de recapitalizar Bankia con dinero público nos va a costar 24.000 millones de euros. Es una cifra astronómica. Y saldrá de nuestros bolsillos vía impuestos. Si la repartimos por habitante salimos a unos ¡450 euros cada uno!. En porcentaje del PIB es un 2,3%, una cifra que ya nos gustaría que fuera la de crecimiento (incluso el acumulado para los próximos 2 o 3 años).
En contra de la postura oficial de nuestro gobierno y de la propia institución, no parece que la capitalización de Bankia vaya a ser un buen negocio. Si tuviera visos de serlo no habrían faltado inversores privados dispuestos a poner el capital. Sin embargo, aunque resulte un mal negocio (para todos nosotros, que vamos a invertir a la fuerza), puede que no se pierda el 100%. En el peor de los casos, el dinero servirá al menos para que muchos empleados de Bankia mantengan su puesto de trabajo unos cuantos años y puedan seguir comprando en el supermercado, consumiendo en los bares y, tal vez, adquiriendo un coche de fabricación nacional. Es decir: una parte importante de esos 24.000 millones (aunque no tengo ni idea de cuánto) se queda en nuestra economía.
Ahora pasemos otra cifra astronómica:
La economía española consume aproximadamente un millón y medio de barriles de petróleo diarios (1,505 millones en 2010 según BP Statistical Review of World Energy June 2011). Esto al año son unos 550 millones de barriles.
El precio del barril de petróleo se mueve en estos días por encima de los 100 dólares y no parece que vaya a bajar en los próximos meses ni años (ver el artículo Geología contra tecnología). Antes de la subida de precios que se inició en 2004 el barril de petróleo costaba, en cambio, menos de 40 dólares por barril (precios constantes). Así que ha habido en pocos años un encarecimiento del petróleo que podemos cifrar en 60 dólares por barril. Multiplicando por el número de barriles que consumimos tenemos un total de 33.000 millones de dólares anuales, es decir: más de 26.000 millones de euros (al cambio de 1,25 dólares por euro, más o menos el que tenemos ahora). Así que 26.000 millones al año es lo que nos cuesta que el petróleo haya dejado de ser barato.
En otras palabras: el encarecimiento del petróleo le supone a nuestra economía un sobrecoste equivalente a un rescate de Bankia cada año. Incluso más: a diferencia de Bankia, nada o casi nada de esos 26.000 millones se queda en nuestra economía. Incluso mucho más: el gas natural, que sube de precio de forma paralela al petróleo, genera un sobrecoste adicional de unos 8.000 millones anuales. Estamos hablando ya de un 3,2% del PIB. Cada año.
Entre 2004 y 2007 vivimos como si este sobrecoste no existiera, a base de endeudarnos. A partir de 2008, con la crisis, ya no vivimos igual, pero seguimos necesitando pagar esa enorme factura todos los años. Es decir: desde 2004 hemos ido acumulando “Bankias” año tras año. En algún momento nos tenía que tocar pagar.